
Si Vicente de Paúl quería a sus misioneros humildes y sencillos, no se refería con ello al origen familiar, sino a las virtudes que uno debía adquirir. Esto se puede comprobar en uno de los dos a los que el Fundador propuso para el gobierno de la Congregación de la Misión tras su fallecimiento: el P. Renato Almerás.
Aunque realmente Almerás no procedía de un origen propiamente noble, sí de una comodidad burguesa, pues su padre desempeñó varios cargos de responsabilidad en la corte real del rey navarro Enrique IV y en el gobierno de Francia. En un principio, René no tuvo la bendición paterna para su ingreso en la comunidad misionera, aunque rehuyendo a su padre[1] entró a formar parte a la historia de la joven comunidad en 1636.
Desempeñó varios servicios de responsabilidad en la Compañía: director del seminario interno (1641-1645); superior en Roma (1645-1651), rector del seminario de San Carlos (1651), Visitador de las ayudas a Picardía (1654), Visitador de Poitou y Asistente general.
De carácter humilde y afable, se dice que desempeñó con audacia y habilidad sus trabajos. Sufría de constantes fiebres y dolores como el propio señor Vicente, puede ser que por este motivo fuesen grandes amigos y confidentes, pues, además de compartir temas de administración se intercambiaban diversos remedios ante los males que aquejaban a ambos.
Contexto histórico y social
Con Almerás, la Congregación continúa en el Antiguo Régimen, caracterizado por la monarquía absoluta (especialmente la de Luis XIV) y una sociedad estamental basada en una economía agrícola. La Iglesia católica había concluido, EN 1563, el Concilio de Trento que se estaba consolidando en el país galo.
Esas condiciones determinan muchos aspectos de la vida de la Congregación: su economía estaba basada en las rentas para las fundaciones, su dependencia de las autoridades civiles para la apertura de nuevas casas o en el primado de la autoridad del superior.
Contexto de la Congregación de la Misión
Almerás fue elegido, en 1661, como II Superior General de la Congregación de la Misión y I sucesor de Vicente de Paúl. En ese año, los pocos meses de la muerte del fundador, la “Pequeña Compañía” era verdaderamente una incipiente comunidad de alrededor de unos 250 miembros. Aunque estaba bien consolidada en todos sus puntos fundamentales: el jurídico, el económico, el administrativo, el pastoral y el espiritual. Todo ello debido al trabajo y al empeño de su fundador y de los primeros misioneros.
A esto se suma que la Congregación estaba reconocida por las cortes de Francia y Polonia y era admirada por los prelados de Italia y de la Curia Romana. Su proyección ya era internacional con presencia en tierras “ad-gentes” como Argel, Túnez o Madagascar.
La nostalgia de la herencia de Vicente de Paúl estaba presente en sus hijos espirituales que junto con el nuevo Superior General buscaron todos los medios para recopilar y mantener viva la herencia de su mentor.
Logros y preocupaciones
El P. Almerás tenía una clara conciencia de la herencia recibida por parte del fundador. Por eso, su gran labor fue la de mantenerse y hacer mantener a la Congregación en fidelidad al espíritu trasmitido por Vicente de Paúl. De ahí que toda su acción de gobierno al frente de la Compañía tuviera un único objetivo: conservar íntegra las directrices marcadas en los inicios. Por lo tanto, lo que más destacó en su generalato fue que:
- Las obras pastorales se mantuvieron y se ampliaron gracias al crecimiento del personal y de las casas.
- Se terminó de perfilar la institucionalización y el reglamento de la Compañía por medio de diversos directorios, reglamentos y normas.
- Se editó la biografía del fundador en 1664 por el obispo Louis Abelly y se recopilaron muchas de sus cartas y conferencias.
[1] Sin embargo, René Almerás (padre), tras enviudar, pidió ser admitido a la Congregación misionera a la que su hijo formaba parte. Y fue admitido literalmente ya que murió mientras celebraba su Seminario Interno.








