En toda familia existe aquel que es importante y quien quiere hacerse importante, y en ciertos casos existen aquellos que queriendo ser importantes lo consiguen.

A comienzos del siglo XIX, concretamente en 1801, nace en la región de Lorena, un personaje que es uno de los superiores generales más incidentes de la Congregación: Jean Baptiste Èttiene.

Admitido en la Congregación en 1820 y ordenado sacerdote en 1825, en seguida empieza a jugar un papel importante en la política de la Compañía: interviene activa y decisivamente en la clausura de la época de los vicarios y en el nombramiento de De Wailly (1827), es nombrado procurador y secretario general desde 1827 hasta 1843. Se opone a la dimisión de Salhorgne e interviene directamente en la determinante dimisión de Nozo.

Fue una persona enérgica, tenaz, firme, autoritaria, intransigente, aunque con un amor indudable a la doble familia que muchas veces las podía confundir consigo mismo. Con un gran carácter nacionalista donde fuera de Francia, para él, no existía la Compañía, desde una mentalidad política y empresarial llevó a la consolidación institucional de la familia vicenciana.

Después de haber conjurado todo para ser elegido cabeza del carisma vicenciano estuvo al frente del mismo 31 años, muriendo en 1874.

 

Contexto histórico y social

Europa vive en este periodo las grandes reunificaciones (Italia y Alemania) y cambios sociales con la expansión colonialista y capitalista de la Europa del siglo XIX y revueltas políticas en España, Portugal y Francia. Además, se celebra el Concilio Vaticano I convocado por Pío IX que declara el dogma de la infalibilidad pontificia.

 

Contexto de la Congregación de la Misión

Durante el generalato de Èttiene, la Congregación se convierte en una comunidad religiosa más donde su carácter secular es una declaración platónica o del pasado. Èttiene consigue una compañía arreligiosizada: fuertemente centralizada, rígidamente estructurada y modelada sobre el ordenamiento napoleónico francés del siglo XIX.

A pesar de ello, se produce un impresionante crecimiento del personal en el mundo y, sobre todo, en Francia gracias a la gran expansión geográfica por los cinco continentes. También se vivió una época de expulsiones de ciertos misioneros por parte del propio Superior general y algunas supresiones en varios países (Italia, Alemania, España, Portugal y Méjico) debido a las revueltas sociopolíticas.

Se siguió trabajando en la dirección de seminarios, misiones populares y se intensificó la dedicación a las Hijas de la Caridad (debido a su enorme crecimiento), las parroquias, la enseñanza y las misiones “ad gentes” (la más importante es la de China).

Logros y preocupaciones

Durante casi treinta años la “pequeña compañía” había sido reducida a cenizas en la vieja Francia, sin superior general, sin una estructura organizativa y sin bases de sustentación. El instituto misionero en el país de su fundador estaba agonizando. Por eso, y por el pensamiento de que la fuente y el tronco de la Congregación estaban sólo en Francia, el muy “ilustre” Èttiene centró su generalato en cinco fundamentos básicos que unificaría y fortalecería políticamente a nuestra comunidad:

  • Vuelta a los orígenes: nuevas ediciones de los escritos y nueva biografía del fundador (Ulises Maynard).
  • Reglamentación: diversos documentos de la vida y organización congregacional que le dio un fuerte cuerpo jurídico: seminario interno, oficios, urbanidad, ejercicios espirituales…
  • La centralización: Todo tenía que pasar por París y por el superior general.
  • La uniformidad: Normas y decretos iguales para la Congregación de todo el mundo (al modo francés).
  • La espiritualidad: nuevas devociones: Medalla Milagrosa, Escapularios rojo y verde, consagraciones de la Compañía…

Su temperamento rígido hizo que se dieran ciertos conflictos con los misioneros (los nombrados obispos, ciertos españoles…) las Hijas de la Caridad (las españoles y sus misiones en Filipinas, Méjico y Cuba) y con la propia curia eclesiástica (el Papa Pío IX).