
El último Superior general anterior a la Revolución fue el P. Felix Joseph Cayla de la Garde. Había nacido en Rouergue, en la cuna de una familia apoderada y distinguida, en el año 1734.
Después de estudiar con los jesuitas en Cahors, pretendió y consiguió entrar en la Congregación de la Misión, tras esperar un año, cuando tenía 16, corría el año 1750.
Sus primeras ocupaciones fueron las de profesor de Filosofia y Teología en los seminarios de Cahors y Toulouse. Trabaja, después, como superior de Rodez en 1772 y de Toulouse en 1778. La Asamblea de 1786 le eligió asistente del P. Jacquier. Una enfermedad retrasó dos años su viaje a la casa madre de París. Entre tanto, muere Jacquier y se convoca la Asamblea de 1788. Cayla, famoso ya por su severidad, impresionó a los delegados. Se dice que los misioneros de la casa de san Lázaro hacían novenas para que no fuera elegido Superior general. Lo fue a pesar de ello, el 2 de junio de 1788.
Era diputado sustituto del clero de París en los Estados generales y, consecuentemente, en la Asamblea Constituyente. Este hecho repercutió en su actitud ante el famoso asalto a san Lázaro el 13 de julio de 1789, antes del asalto a la Bastilla.
El P. Cayla sintiéndose amenazado, en el verano de 1792 intentó huir a Suiza. Llegó hasta Forez, pero no pudo continuar el viaje y regresó a París. Salió de nuevo, esta vez hacia el norte, acompañado por dos de sus asistentes: el irlandés Fems y el francés Brunet. Pasaron sucesivamente por Ypres, Tournai, Lija, Mastrichst, en el Flandes austríaco. En diciembre de 1793 se instalaba en Mannheim, el antiguo colegio jesuítico erigido en 1791. Más tard,e el papa lo llamó a Roma y, después de haber rehusado la invitación, se ve obligado a ir a la capital de la cristiandad.
Muere en Roma en 1800 siendo enterrado en la capilla del Collegio Leoniano, muy cerca del Vaticano.
Contexto histórico y social
La revolución francesa, la madre de la libertad y de todas las revoluciones, hirieron en profundidad las raíces institucionales del pequeño instituto en Francia. ¿Por qué se produjo la misma?
- Debido a la revolución de las ideas, que hunde sus raíces en el enciclopedismo del siglo XVIII y en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad.
- Debido a una necesidad de desmontar un régimen de raíces feudales basado en la sociedad estamental, los privilegiados y el absolutismo regio.
- Debido a la catastrófica situación económica que dejaba al pueblo morirse de hambre.
Después de más diez años (1789-1800) de inestabilidad político y social, Napoleón mitigó la gran tormenta de la Revolución, aunque participó con ciertas ideas ilustradas que las impuso en sus conquistas europeas.
Contexto de la Congregación de la Misión
Según los manuales escolares, la Revolución francesa empezó el 14 de julio de 1789, con el asalto a la Bastilla. En realidad, tuvo un prólogo catastrófico el día anterior con el asalto al priorato de san Lázaro, primera casa madre donde san Vicente vivió sus últimos años, perpetrado en la madrugada del 13 de julio.
En 1789, la Congregación contaba en Francia con 79 casas (de ellas, 60 seminarios) agrupadas en 7 provincias, y unos 508 misioneros de los que 460 eran sacerdotes.
Tras la revolución, la pérdida de las casas fue total. Todas fueron suprimidas, incautadas, dedicadas a usos civiles, o destruidas.
Los misioneros se dispersaron. Bastantes de ellos se refugiaron en sus hogares de origen; otros se exiliaron en Alemania, Inglaterra, Italia o España. Algunos juraron la Constitución civil del clero. Pero la gran mayoría, siguiendo el ejemplo de su Superior General, rehusaron el juramento y polemizaron contra él. Muchos, refugiados en sus localidades natales, vivieron durante años escondidos, ejerciendo secretamente los ministerios sacerdotales entre los fieles que se negaron a recibir a los sacerdotes juramentados.
Un buen número selló con la sangre del martirio su fidelidad a la Iglesia y al Papa.
Por tanto, las Provincias francesas de la Congregación de la Misión escribieron con sangre una de las páginas más gloriosas de su historia. La llamada relajación del siglo XVIII no había sido tan profunda para extinguir la heroica y ardiente llama del sacrificio en los hijos de san Vicente de Paúl.
Logros y preocupaciones
Su gobierno está marcado por los antecedentes y por la propia revolución francesa que la misma Congregación de la Misión sufrió en su piel. Cayla, por su parte, reaccionó frente a ellos con serenidad, aunque con firmeza y espíritu autocrítico. Así lo explica él mismo: “Tal vez Dios ha permitido esto por habernos apartado de la sencillez de nuestros padres”[1].
Al día siguiente del saqueo de la casa madre, el 13 julio de 1789, ordenó al director del seminario interno, P. Jean François Régis Clet, que, al frente de sus seminaristas, procediera a reparar los daños de la casa, recogiendo por patios y jardines lo que pudiera salvarse. No contento con esto, Cayla hizo ante las autoridades las reclamaciones pertinentes para pedir una indemnización y organizó en las iglesias de París una colecta. La respuesta del clero y fieles fue generosa, pero insuficiente: se recogieron unos cien mil francos para compensar unas pérdidas calculadas en un millón.
Mientras se reparaba San Lázaro, envió a sus casas a los seminaristas. Cuando quiso hacer lo mismo con los estudiantes que se negaron y apelaron al ministerio del Interior. Cayla se instaló en San Fermín y, nada intimidado por los sucesos, continuó asistiendo a las sesiones de la Constituyente, donde, que sepamos, pronunció y más tarde dio a la imprenta dos vigorosos discursos: uno en noviembre de 1789 contra la confiscación de los bienes de la Iglesia y otro en diciembre contra la supresión de las Órdenes religiosas. En julio del 1790 votó contra la Constitución Civil del Clero y el 4 de enero de 1791 se negó a jurarla. Por medio de su cabeza, la Congregación, tomaba valientemente partido contra el carácter antirreligioso de la Revolución.
La Congregación se queda sin cabeza jurídica por un tiempo, donde se queda de vicario general el P. Brunnet, esto da paso al doloroso periodo de los vicarios que duraría 27 largos años.
[1] Circulaires des Supérieurs… T. II, p. 223.








