La vocación es una llamada. Sí, una llamada, pero no una llamada cualquiera o al uso, sino que es la llamada por antonomasia, es la llamada de Dios. Sin embargo, Dios no llama desde una cabina telefónica, ni manda un guasap, ni tan siquiera envía una carta al correo postal. Dios llama desde lo que Él mismo creó en cada uno de los seres humanos, modelados y amados a su imagen y semejanza. La vocación debe ser descubierta desde el interior de cada uno: escuchando todo aquello que fue, que es y que quiere llegar a ser. Ahí están englobadas todas las cualidades y defectos, todas las alegrías y tristezas, todas las dudas y respuestas, todos los aciertos y fracasos, todas las gracias y pecados…Incluso todo el pasado académico, familiar y sentimental. Por eso mismo, la llamada ha de buscarse dentro de sí, tal como afirma san Agustín.

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